by | Feb 12, 2022 | Uncategorized

La historia… la maestra de la vida

Joel Hernández Santiago

Según la mitología griega, Clío, que significa ‘alabar’ o ‘cantar’, es la musa de la Historia. También de la poesía épica. Es hija de Zeus y Mnemósine. Clío tuvo un hijo con Píero, rey de Macedonia, a quien llamó Jacinto y algunos dicen por ahí que también fue madre de Himeneo.

Se le representa como una joven coronada con laureles, lleva una trompeta en la mano derecha y un libro del historiador Tucídides en la izquierda. A estos atributos a veces se agrega el globo terráqueo sobre el que descansa, y junto está el tiempo: Esto para demostrar que la Historia abarca todos los lugares y todas las épocas. En la representación clásica se ve a Clío que lleva en la mano izquierda un rollo de papiro y a sus pies está una caja para guardar los documentos.

Luego, Herodoto, a quien Cicerón llamó “El padre de la Historia”, y esto ya no es parte de la mitología, sino pura realidad, fue un escritor griego que vivió en los años 484 y 413 a.C., y quien inició el estudio conocido como “Historia“, por su famosa obra “Historias”. A pesar de muchas críticas a su obra, se ha demostrado que muchas de sus afirmaciones son exactas o que, al menos, se basaban en la información aceptada en su época para entender la historia del mundo antiguo y un resumen geográfico, etnográfico, político y cultural de aquel momento.

Se sabe que viajó por Egipto, África y Asia menor, y escribió sus experiencias y observaciones. A él se debe que hoy sepamos cómo ocurrió la batalla de Maratón en 490 a.C y los enfrentamientos de las Termópilas y Salamina en 480 a.C., o la vida día a día en Grecia, Egipto y Asia menor.

Mucho se busca en la historia. Hay una especie de obsesión humana –muy natural, por cierto– por conocer lo que fuimos, lo que hemos hecho, lo que ha ocurrido, cómo ocurrió, cuándo, quiénes y por qué… Esto último es lo más difícil de contestar en historia, pero es posible dar respuestas.

Sobre todo cuando la historia se investiga con rigor, con seriedad, con disciplina; con el uso apropiado de las herramientas con las que cuenta el que es historiador para conocer la verdad o, por lo menos, aproximarse a ella.

A fin de cuentas, ser historiador no es ‘moco de pavo’, es una tarea difícil al mismo tiempo que quienes se dedican con seriedad a ella la consideran no sólo una profesión, sino también una pasión: la pasión por la historia.

Esto viene al caso porque de un tiempo a esta parte, en México, se ha puesto a la historia en la mesa de las disecciones, para extraerle defensas políticas del presente; es un interés por el pasado para argumentar decisiones actuales. Y en algunos casos hay historiadores que están a la vista, al portador –que son excepción– como sujetos de acción política y de orientación ideológica.

No importa. Si importa. También hay historiadores serios y rigurosos en México. Un país memorioso de por sí. Un país que mira a sus raíces y de las que se siente profundamente orgulloso y apegado, como un eslabón más. A fin de cuentas los que vivimos somos el resumen de todo aquello, para bien o para mal.

Y los historiadores son esos personajes con mucha frecuencia silenciosos que viven sumergidos en libros, en bibliotecas, en hemerotecas, en archivos, en documentos y que tienen piernas de jinete para caminar por veredas y caminos y encontrar testigos, recoger testimonios y descubrir huellas del pasado: son los reporteros del pasado.

Son seres que de forma insospechada ven, oyen, miran, estudian, analizan, diseccionan, someten a las reglas de la historiografía a su objeto de estudio. Y lo hacen con rigor y por amor. Si. Porque sólo así se entiende a los historiadores que de verdad lo son: el amor por su profesión, por su tarea, por su responsabilidad, por la seriedad y, sobre todo por el silencio y ascetismo en el que viven la mayoría de ellos.

“Hay de todo en la viña del Señor” se decía en la reunión matutina cotidiana bajo aquel laurel de El Colegio de Michoacán en donde se juntaban los historiadores para comentar sus avances de trabajo, sus tropiezos, sus emociones al descubrir tal o cual hecho o acontecimiento o personaje.

Había –hay- pasión, ilusión, emoción con la que aquellos historiadores desgranaban sus descubrimientos, a los que el mandamás de ahí, el presidente de la Institución por entonces, don Luis González y González, aplaudía, recomendaba, orientaba.

Y ahí mismo, en aquellas reuniones también disertaban sobre las distintas formas de hacer historia –que ya hemos relatado aquí mismo-, la manera de darle sentido al pasado, como también quiénes son dignos operarios del ejercicio de la historiografía y quiénes no.

El patriarca insistía en que un sello de calidad es la excelencia en el trabajo historiográfico. Cuando no se busca poder o dinero con la historia. “Es como hacer el amor, y en el preciso momento, pensar en las consecuencias de ello”, decía y el grupo reía porque era absolutamente cierto.

La historia da a los historiadores –ellos y ellas- el poder del conocimiento, da sabiduría, pero no da poder, ni político ni económico. Sí da el prestigio que otorga el bien hacer historia. Y el historiador puede vivir con dignidad, con la medianía que da la honorabilidad y la ética y, sobre todo, el gusto por lo que significa dar a conocer a todos sus descubrimientos, sus verdades o sus aproximaciones a esas verdades, “Sepan cuántos…”

Y sí, también hay historiadores, otros historiadores.

Son los que están dispuestos a presentar “el rencor por el pasado”; quienes habrán de desnudar lo que consideran los errores y horrores humanos para darle un sentido admonitorio y decidir quién merece estar en la galería del honor y quien en la del deshonor, todo para satisfacer el ansia de confrontación y polarización.

Son los historiadores que venden su conocimiento para estar en el ánimo político y ser aplaudidos por sus resultados. Siguen a Lewis en aquello de que “desde los primeros tiempos se le ha visto una utilidad al saber del pasado: la de predecir e incluso manipular el futuro”.

Los hay, también, que encuentran en el trabajo de otros lo que ellos mismos no consiguen descubrir. En México se han dado casos en los que se muestra cómo se plagian historias para mostrar sus propias novedades. Es así, y ocurre.

Los hay aquellos que inventan. Que crean sus propias historias. Que desarrollan su hipótesis y aunque la investigación contradiga su propuesta inicial, no están dispuestos a cambiarla por ningún motivo y para ello fuerzan su narrativa. “Crean ríos donde no hay ríos” decía don Luis.

Pero el antídoto para saber quién es quién en la historia, es la obra. Ahí radica la verdad o no del historiador.

En la obra publicada-difundida de cada historiador está el requisito invaluable de la calidad, la profundidad, la novedad, la intensidad; el dejar con los ojos abiertos del lector o beneficiario de la historia al descubrir esos mundos que estaban escondidos en el pasado y que se ponen a disposición del hoy para la integración, la unión, el ser parte de un pasado único, de una epopeya, que lo mismo otorga dignidad como bochorno; los antecedentes y sus consecuencias, y a fin de cuentas conocimiento y verdad.

En la enorme galería de historiadores mexicanos los hay que producen orgullo nacional, que nos otorgan el aliciente de la confianza y de la dignidad por el trabajo historiográfico y por ese pasado en donde nuestros padres-ancestros, participaron para dar forma y dimensión a lo que hoy somos.

Son historiadores mexicanos a la altura del arte, el mismísimo don Luis González y González, Miguel León Portilla, Álvaro Matute, Josefina Z. Vázquez, Bertha Ulloa, Carlos Herrejón, Álvaro Ochoa, Ignacio Bernal, Eduardo Blanquel, Carlos Pereyra, Luis Villoro, Arnaldo Córdova… Uhhh tantos-tantísimos más que son eso: historiadores en toda la extensión de la palabra, que se dice.

Y ahí está el secreto. “La historia es maestra de la vida”; “Quienes no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo”, “No creo que el historiador pueda jugar un papel decisivo en la vida social, pero sí un papel importante”; “Sólo la historia puede decir lo que el hombre sea”; “Escribir historia es un modo de deshacerse del pasado”…

–Oiga doña Josefina, qué estudió Luisito ¿qué es?

–Historiador…

–¡Ah! ¡Es toreador!

–Nooo: es Clío-nauta

–¡Ah! Astronauta…