El nuevo orden mundial y la trampa de las falsas soberanías.

Fernando Schütte Elguero

El mundo atraviesa una etapa de reacomodo profundo, quizá la más significativa desde el fin de la Guerra Fría. Las piezas del tablero global se mueven al mismo tiempo y en distintas direcciones: Asia, Europa, América y África redefinen alianzas, fronteras de influencia y narrativas de poder. No se trata solo de conflictos armados o tensiones diplomáticas, sino de la disputa por el modelo de orden internacional que regirá las próximas décadas.

En Asia, China avanza con paciencia estratégica. Su postura respecto a Taiwán no es un arrebato coyuntural, sino parte de una visión de largo plazo que combina presión política, poder económico y disuasión militar. Más allá de si el conflicto estalla o no, el mensaje es claro: Pekín no acepta un mundo unipolar y busca desplazar la hegemonía estadounidense sin provocar una guerra frontal. En paralelo, extiende su influencia en África y América Latina mediante financiamiento, infraestructura y control de recursos estratégicos.

En Europa del Este, la guerra entre Rusia y Ucrania no solo es un conflicto territorial, sino una disputa por la arquitectura de seguridad del continente. Rusia no pelea únicamente por Ucrania, sino por redefinir su esfera de influencia sobre lo que alguna vez fue la órbita soviética. Europa, atrapada entre la dependencia energética, la presión de Estados Unidos y sus propias divisiones internas, enfrenta un dilema existencial: o consolida una política común real o seguirá reaccionando tarde y mal a las crisis que la rodean.

Estados Unidos, por su parte, defiende algo más que fronteras o aliados. Defiende un sistema financiero y geopolítico construido tras la Segunda Guerra Mundial, cuyo pilar central ha sido el petrodólar (el acuerdo implícito que vincula el comercio global del petróleo al dólar estadounidense). Cada intento de romper ese esquema, ya sea desde Rusia, China o regímenes petroleros alineados con ellos, es visto en Washington no como una diferencia ideológica, sino como una amenaza estructural a su poder. Por eso, muchas de sus decisiones en América Latina y Medio Oriente deben leerse desde esa lógica, más que desde discursos morales o humanitarios.

En América Latina, la discusión vuelve a girar en torno a la “soberanía”. Se alza la voz para condenar cualquier acción externa, pero rara vez se cuestiona lo que ocurre dentro de las fronteras. Defender sin matices a gobiernos que concentran poder, persiguen opositores, empobrecen a sus pueblos y enriquecen a sus élites no es defender la soberanía de los pueblos, sino blindar a los gobiernos. Y esa distinción es fundamental.

Un pueblo oprimido y un gobierno enriquecido no representan un proyecto socialista ni progresista, sino una forma clásica de tiranía. La soberanía auténtica no reside en los palacios presidenciales, sino en la posibilidad real de que los ciudadanos vivan con libertades, instituciones funcionales y oportunidades. Cuando se confunde soberanía con impunidad, el concepto pierde todo valor moral.

México, lamentablemente, ha optado por una postura cómoda y peligrosa. Bajo el discurso de la no intervención, se ha alineado de facto con la defensa de regímenes autoritarios, justificando lo indefendible y guardando silencio frente a violaciones evidentes a los derechos humanos. Esta posición no fortalece la política exterior mexicana ni la vuelve más digna; la vuelve irrelevante. México pasó de ser un actor respetado y mediador a convertirse en un espectador ideologizado que confunde prudencia con omisión.

África, mientras tanto, es el escenario donde estas disputas se materializan con mayor crudeza. Riqueza natural, pobreza estructural y presencia creciente de potencias externas configuran un continente atrapado entre promesas de desarrollo y nuevas formas de dependencia. Allí se ensaya el futuro de un mundo multipolar que aún no demuestra ser más justo que el anterior.

El planeta no se está reorganizando en nombre de los pueblos, sino en función de intereses estratégicos, energéticos y financieros. La pregunta no es quién grita más fuerte “soberanía”, sino quién la ejerce en beneficio de su gente. Porque cuando la soberanía solo protege a los gobiernos y no a los ciudadanos, deja de ser un principio y se convierte en coartada.

@FSchutte

Consultor y analista