El Suicidio de la Soberanía: Crónica de un Colapso Geopolítico (Enero 2026)

  • El Vacío y el Relevo

El año 2026 comenzó con un terremoto geopolítico en América Latina. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y la revelación de los 32 militares cubanos abatidos durante la operación no solo marcaron el fin del chavismo como entidad de poder, sino que rompieron la arteria vital que mantenía con vida al régimen de La Habana. Durante décadas, Venezuela había sido el pulmón artificial de Cuba, intercambiando petróleo subsidiado por seguridad e inteligencia. Con esa conexión cortada de tajo, la isla entró en una fase terminal.

Fue en este vacío de poder donde el gobierno de México, emanado del partido Morena, tomó una decisión que definiría su destino. Lejos de mantener una neutralidad pragmática, la administración mexicana decidió asumir el rol de “patrocinador sustituto”. La persistencia en enviar buques tanque de PEMEX a Cuba y la defensa diplomática férrea del depuesto régimen venezolano no fueron actos de caridad improvisada, sino la ejecución de una doctrina profundamente arraigada en el internacionalismo de izquierda: la solidaridad como mecanismo de autodefensa. Bajo la óptica del Palacio Nacional, permitir la caída de Cuba por asfixia energética o validar la intervención estadounidense en Venezuela sentaba un precedente letal. Si Washington podía decapitar a un gobierno en Caracas hoy, podría hacerlo en la Ciudad de México mañana.

I. El Motor Ideológico: La Doctrina del Grupo de Puebla

Para entender por qué México apostó su estabilidad económica por un aliado sin recursos, es necesario mirar hacia el “cerebro” intelectual del bloque: el Grupo de Puebla. En los foros y documentos de este think tank, la realidad no se lee en términos de mercados, sino de resistencia. Su base ideológica, centrada en el concepto de Lawfare (guerra jurídica), postula que los sistemas judiciales y las sanciones económicas son las nuevas armas del imperialismo para derrocar gobiernos progresistas.

Bajo esta lógica, el arresto de Maduro no fue justicia, sino un acto de guerra híbrida. El gobierno mexicano, alineado con esta visión y asesorado por estrategas formados en esta escuela, interpretó el envío de petróleo no como una transacción comercial, sino como un acto de “soberanía solidaria”. Además, existía una deuda operativa invisible: durante años, la “asesoría” cubana en ingeniería social, inteligencia política y movilización de bases (disfrazada a menudo bajo convenios médicos) había sido instrumental para la consolidación del proyecto político en México. Salvar a La Habana era, en la mente del gabinete, salvarse a sí mismos y proteger el modelo. La ceguera del “Pensamiento de Grupo” (Groupthink) se instaló en el liderazgo: convencidos de su superioridad moral y rodeados de “guardianes” que filtraban las advertencias de riesgo, creyeron que la dignidad política blindaría al país de las matemáticas financieras.

II. El Choque con la Realidad: La Asfixia Económica

Sin embargo, la ideología se estrelló frontalmente contra la muralla del pragmatismo estadounidense. En Washington, una administración republicana (bajo la figura de Trump o un sucesor de línea dura) vio en la acción de México no un gesto noble, sino una amenaza a la seguridad nacional. Al triangular recursos hacia un régimen sancionado, México activó los mecanismos más agresivos de la hegemonía financiera.

La respuesta de los mercados fue inmediata y despiadada. El capital, que es cobarde por naturaleza, huyó ante la incertidumbre. La “Prima de Riesgo” de México se disparó, encareciendo la deuda soberana. Los grandes fondos de inversión desmantelaron sus posiciones en el Carry Trade, provocando una venta masiva de pesos para comprar dólares. La divisa mexicana, otrora llamada “Superpeso”, se depreció violentamente, importando inflación y destruyendo el poder adquisitivo de la clase media en cuestión de semanas.

Pero el golpe más letal fue dirigido a PEMEX. Al ser el vehículo material del apoyo a Cuba, la petrolera estatal quedó expuesta a la aplicación rigurosa de la Ley Helms-Burton. Estados Unidos no necesitó invadir; solo tuvo que cerrar el grifo financiero. Sanciones directas a la empresa, bloqueo de sus buques en puertos internacionales y la amenaza de aranceles punitivos bajo la revisión del T-MEC colocaron a la economía mexicana en terapia intensiva. El gobierno mexicano intentó vender la narrativa del “bloqueo injusto”, pero los inversores solo vieron un país que priorizaba la ideología sobre su relación comercial más vital.

III. La Fractura Interna: El Dilema Militar

Mientras la economía ardía, una crisis silenciosa se gestaba en los cuarteles. Las Fuerzas Armadas de México (SEDENA y SEMAR), históricamente leales al poder civil, se encontraron ante una paradoja existencial. Por un lado, la orden presidencial de proteger los envíos a Cuba y desafiar a EE.UU.; por el otro, la realidad operativa de su dependencia del Pentágono.

El ejército mexicano moderno es tecnológicamente dependiente del Comando Norte (NORTHCOM). Sus helicópteros Black Hawk, sus aviones Texan T-6C y sus sistemas de comunicaciones operan gracias a refacciones y software estadounidense. La cúpula militar sabía que una ruptura total con Washington significaba el “apagón logístico” de sus flotas en menos de un mes.

Más grave aún era el apagón de inteligencia. La lucha contra el crimen organizado en México se nutre de la inteligencia de señales (SIGINT) provista por agencias como la DEA y la NSA. Sin esos “ojos” satelitales y digitales, el Estado mexicano quedaba ciego. Los generales, actuando bajo una lógica clausewitziana de supervivencia, optaron por una “obediencia simulada”: acataban públicamente el discurso soberanista, pero en privado operaban como un freno de mano, advirtiendo que no se podía pelear una guerra diplomática con el vecino del norte mientras se libraba una guerra real contra el narco en el sur.

IV. El Estado Paralelo: El Ascenso del Narco

La naturaleza aborrece el vacío, y el vacío de seguridad creado por la distracción del gobierno federal fue llenado rápidamente por los cárteles de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación. Este es el punto donde el escenario se transforma en un caso de libro de texto de Guerra de Cuarta Generación (4GW).

Con el gobierno enfocado en la crisis diplomática y el Ejército debilitado por la falta de inteligencia y suministros, los grupos criminales expandieron su control territorial sin precedentes. La frontera se convirtió en una zona libre. Sin la cooperación bilateral, el flujo de fentanilo hacia el norte y de armas hacia el sur se descontroló. Los cárteles, operando con una liquidez en dólares que el Estado ya no tenía, consolidaron un “Estado Paralelo”: cobrando impuestos (piso), impartiendo “justicia” y reclutando a miles de jóvenes desempleados por la crisis económica. La soberanía que se intentaba defender en el Caribe se perdía en Michoacán, Guerrero y Sonora.

V. El Círculo Vicioso: Migración e Intervención

El colapso económico y la violencia desatada detonaron la variable final de la ecuación: el éxodo humano. A diferencia de crisis anteriores, esta vez no solo migraban los pobres, sino las clases medias y los profesionales, huyendo de un país que percibían como inviable. La frontera sur de Estados Unidos se vio desbordada por una oleada de refugiados mexicanos, dándole a la Casa Blanca la justificación política perfecta.

Bajo la narrativa de que México se había convertido en un “Estado Fallido”, Washington escaló el conflicto a un nivel de no retorno. Los cárteles mexicanos fueron designados oficialmente como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO). Esta etiqueta jurídica cambió las reglas de enfrentamiento: ya no era un asunto policial, sino militar.

La paradoja final se consumó. El gobierno de México, que inició esta cruzada para evitar el intervencionismo yanqui en Venezuela, terminó provocando la intervención directa en su propio suelo. Drones Predator sobrevolando la sierra de Sinaloa, operaciones de fuerzas especiales no autorizadas y un bloqueo naval de facto en el Golfo de México se convirtieron en la nueva normalidad.

VI. Autopsia Teórica: La Trinidad Rota

Al analizar este escenario bajo la luz de Carl von Clausewitz y Sun Tzu, el error estratégico es evidente. El gobierno mexicano violó el principio fundamental de la “Trinidad Clausewitziana”: el equilibrio entre el Gobierno (razón), el Ejército (probabilidad) y el Pueblo (pasión). Al forzar una política exterior que el Ejército no podía sostener y que el Pueblo no podía financiar, la estructura colapsó.

Sun Tzu advertía: “Si no conoces al enemigo ni a ti mismo, perderás cada batalla”. El liderazgo mexicano cometió el pecado capital de subestimar al adversario (creyendo que EE.UU. era un “tigre de papel” moralmente derrotado) y sobreestimar su propia fuerza (confundiendo la popularidad electoral interna con poder nacional real). Ignoraron que, en la geopolítica, la moralidad sin poder de fuego o apalancamiento económico es irrelevante.

El “Pensamiento de Grupo” actuó como el velo que impidió ver el iceberg. La lealtad ideológica se valoró más que la competencia técnica, creando una cámara de eco donde las malas decisiones se reforzaban mutuamente hasta que el choque fue inevitable.

El escenario de 2026 nos deja una lección brutal sobre los límites de la ideología en un mundo interconectado. Al intentar ejercer un liderazgo regional basado en la nostalgia revolucionaria, México sacrificó su centro de gravedad real: su integración económica con Norteamérica y su estabilidad interna. El resultado no fue la gloria del internacionalismo, sino la tragedia del aislamiento. En su afán de ser el faro de la izquierda latinoamericana, México terminó apagando su propia luz, demostrando que la soberanía no se defiende con retórica, sino con una lectura fría, pragmática y despiadada de la realidad.