Fernando Schütte Elguero
En política, cuando alguien “se va” sin despedida, sin explicación convincente y sin destino claro, no se trata de una renuncia. Se trata de una remoción controlada. La salida de Adán Augusto López Hernández de la Junta de Coordinación Política del Senado no responde a una lógica interna de Morena ni a un simple ajuste administrativo. Responde a presión externa, a cálculo político y al reconocimiento tardío de que algunos nombres se volvieron indefendibles.
Durante el sexenio pasado, Adán Augusto no fue un actor secundario. Fue uno de los principales operadores del poder real. Concentró información sensible, control político y capacidad de negociación territorial. Su fuerza no estaba en la tribuna ni en el discurso, sino en lo que sabía y en a quién protegía. Precisamente por eso su desplazamiento no puede leerse como normalidad institucional. Cuando el sistema decide retirar a un operador de ese calibre del reflector, no lo hace por prudencia, sino por riesgo. ¿Cómo es posible que Adán Augusto López siga cobrando como senador y al mismo tiempo haga trabajo político para su partido? Si le pagamos todos, su tiempo es para legislar, no para operar campañas. Eso es el colmo del cinismo.
México dejó de ser observado con indulgencia desde el exterior. El crecimiento del tráfico de fentanilo, la expansión del lavado de dinero y la captura territorial por organizaciones criminales transformaron el problema en uno de seguridad nacional para Estados Unidos. En ese escenario, la protección política dejó de ser sostenible. El margen de maniobra se cerró. Y algunos personajes comenzaron a estorbar.
La salida de Adán Augusto abre una pregunta incómoda que el oficialismo evita responder. ¿Quién sigue?
¿Qué pasa con Andrés Manuel López Beltrán (Andy), operador central del partido, administrador informal del poder heredado y figura clave en las decisiones estratégicas de Morena? ¿El ajuste alcanzará al núcleo familiar del expresidente o se limitará a sacrificar piezas para proteger el corazón del régimen?
¿Qué ocurre con José Rafael Ojeda Durán, exsecretario de Marina, cuya gestión dejó puertos estratégicos convertidos en coladores para el ingreso de precursores químicos? Su caso no es solo administrativo, es institucional. Para muchos dentro y fuera de las propias Fuerzas Armadas, su paso por la Marina es una vergüenza. Hoy, lejos de cualquier rendición de cuentas, se le ve integrado a la alta clase mexicana, jugando golf y codeándose con élites económicas como si siempre hubiera pertenecido a ellas, mientras el país paga las consecuencias de una estrategia fallida. ¿Ese es el retiro que merecen quienes, como él, fallaron a la patria?
¿Y qué pasa con los gobernadores, exgobernadores y alcaldes de Morena que aparecen reiteradamente en investigaciones periodísticas, reportes financieros y líneas de investigación abiertas fuera del país? ¿Seguirán siendo intocables mientras el discurso oficial insiste en un combate a la corrupción que nunca llega a los niveles donde realmente importa?
El caso de Manuel Bartlett resulta paradigmático. Décadas de poder, patrimonio inexplicable, redes familiares beneficiadas y una capacidad casi perfecta para sobrevivir a cualquier régimen. ¿También será protegido esta vez? ¿O el nuevo contexto internacional obliga, por fin, a revisar lo que durante años se normalizó como intocable?
La presidente enfrenta una decisión que ya no admite simulaciones. O rompe de manera efectiva con el sistema de protección heredado o asume el costo histórico de encubrirlo. La cooperación con Estados Unidos en migración y seguridad dejó de ser retórica. Es transaccional. Y esas transacciones siempre tienen precio.
El problema no es Adán Augusto. El problema es el modelo que convirtió a la política en escudo del crimen organizado. Sacar a una figura sin desmontar la red no es limpieza, es administración del daño.
La salida de Adán Augusto no es una señal de fortaleza. Es una señal de vulnerabilidad. Cuando el poder empieza a entregar piezas, no lo hace por convicción moral, sino porque la impunidad dejó de ser sostenible.
La pregunta ya no es si habrá más salidas. La pregunta es si esta vez alcanzarán a los verdaderos intocables o si todo quedará, otra vez, en un sacrificio calculado para salvar al régimen.
@FSchutte
Consultor y analista
