El obradorismo como escudo: Marx Arriaga grita lealtad mientras los hilos jalan hacia Caracas

by | Feb 16, 2026 | Portada

La presidenta Sheinbaum dijo que los libros no son patrimonio de nadie. López Obrador no dijo nada. Debajo de la pelea por heroínas en los textos escolares, fuentes federales señalan nexos del equipo de Arriaga con Alex Saab y la estructura financiera del chavismo

Marx Arriaga repite la palabra «obradorismo» como quien reza una plegaria. La dice al despertar, la dice en sus transmisiones en vivo, la dice cuando lo encaran los policías, la dice al retarlos a esposarlo. Dice que lo sacan por defender el legado de López Obrador. Dice que es víctima de una traición. Dice que los que lo corren son herramientas del neoliberalismo.

Pero Andrés Manuel López Obrador no ha dicho una sola palabra. Ni Beatriz Gutiérrez Müller, su madrina política.

Y lo que hay debajo de ese silencio es más elocuente que todo lo que Arriaga ha gritado en tres días de encierro.

La frase

Este lunes 16 de febrero, desde el atril de Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum abordó el caso de manera directa. Reconoció el trabajo de Arriaga, pero fue contundente en la línea que importa.

«Los libros de texto no son patrimonio de una persona. El movimiento de transformación es muy grande y siempre tiene que irse mejorando en el marco de la Nueva Escuela Mexicana», dijo.

Explicó que el primer desencuentro ocurrió cuando su gobierno pidió incorporar heroínas a los libros de texto —Josefa Ortiz, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra, Manuela Rodríguez, Margarita Maza— y Arriaga dijo que no. Que tocar los libros era atentar contra el legado. El dato habla por sí solo: de unas 900 imágenes en los libros de Historia, apenas 9 son de mujeres.

La Presidenta también reveló que se le ofrecieron alternativas para seguir en el gobierno, incluido un consulado. Arriaga confirmó después que era la embajada en Costa Rica. Rechazó todo.

El obradorismo como chaleco antibalas

La cronología de Arriaga en las últimas semanas no es la de un ideólogo que defiende una causa. Es la de alguien que construye una trinchera narrativa.

El 10 de febrero, en Balancán, Tabasco, acusó al gobierno federal de traicionar a López Obrador. Llamó a Mario Delgado herramienta de corporaciones transnacionales. Convocó a crear comités de defensa del obradorismo. Tres días después lo destituyeron.

Desde entonces, cada intervención pública de Arriaga ha tenido un denominador común: presentarse como víctima ideológica. Es obradorista. Lo persiguen por ser obradorista. Los que lo sacan traicionan al obradorismo. Cada frase es una apelación al movimiento fundado por López Obrador.

Pero López Obrador no responde. Beatriz Gutiérrez Müller —esposa de AMLO, académica que fue su sinodal de doctorado en 2013 y que impulsó su llegada a la SEP cuando era presidenta honoraria del Consejo de Memoria Histórica— tampoco. Cuando el fundador de un movimiento no reconoce a quien lo invoca, el movimiento deja de ser bandera y se convierte en disfraz.

Lo que hay debajo: Saab, Loaiza y los hilos a Caracas

La versión pública de la salida de Arriaga —la negativa a incluir mujeres en los libros— es cierta. Pero es la superficie de algo más profundo.

Fuentes federales citadas por diversos medios nacionales apuntan a que lo que realmente detonó su remoción fueron los nexos de su equipo con la estructura financiera del chavismo venezolano, específicamente con Alex Saab, el empresario colombo-venezolano señalado como principal operador de lavado de dinero del régimen de Nicolás Maduro, recapturado en febrero de 2026 tras la caída del gobierno venezolano.

El vínculo más directo: Sady Arturo Loaiza Escalona, el brazo derecho de Arriaga en la SEP, fue director de la Biblioteca Nacional de Venezuela y del Sistema Nacional de Bibliotecas durante el gobierno de Maduro. Loaiza mantuvo relación cercana con Cilia Flores —hoy detenida en Estados Unidos— y con Diosdado Cabello, señalado por Washington como líder de una organización criminal. La producción y distribución de libros está señalada como una de las tapaderas usadas para mover dinero lavado.

Esta conexión adquiere dimensión crítica en el contexto actual: la salida de Arriaga ocurrió días después de que el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, sostuvo reuniones con funcionarios estadounidenses en Washington donde se discutieron, entre otros temas, los nexos entre figuras de la llamada Cuarta Transformación y organizaciones vinculadas al chavismo. En ese tablero, mantener a Arriaga y a su círculo dentro de la SEP dejaba de ser un problema educativo para convertirse en un riesgo para las relaciones internacionales de México con Estados Unidos.

Es en ese marco donde la insistencia de Arriaga en presentarse como obradorista cobra otro sentido: no es una declaración de principios, sino una estrategia de defensa. Frente a señalamientos que involucran lavado de dinero internacional, conexiones con un régimen desmantelado y posibles implicaciones penales, gritar obradorismo es lo único que queda en la caja de herramientas. El problema es que la herramienta ya no funciona cuando el dueño de la marca guarda silencio.

Tres días en Avenida Universidad

El viernes 13 de febrero, funcionarios de la Unidad de Asuntos Jurídicos de la SEP acudieron con personal de resguardo a la oficina de Arriaga en Avenida Universidad 1200 para notificarle que su plaza cambiaba a libre designación a partir del 15 de febrero. Arriaga filmó todo. Retó a los policías a esposarlo. Les dijo: «Va a necesitar a la fuerza armada.»

El sábado y el domingo transmitió en vivo lo que llamó «Protesta con Propuesta»: jornadas de 24 horas de diálogo con maestros afines, con un promedio de 150 espectadores. El domingo por la noche, tras 60 horas dentro del edificio y con la misma ropa del viernes, cerró la transmisión y convocó a una asamblea por Teams donde enumeró 15 puntos de acción, entre ellos una carta abierta a la Presidencia, la difusión de los archivos de todos los libros y una propuesta de refundación de la SEP.

Arriaga dijo que no ha tenido contacto con Sheinbaum. Exigió que su despido sea conforme a derecho. La Presidenta, por su parte, le dejó la puerta abierta: «Tiene derecho a recurrir a las instancias correspondientes.»

La pregunta que queda

La historia de Marx Arriaga no es la de un intelectual que defiende un proyecto educativo. Es la de un funcionario que se creyó dueño de algo que es de todos, que usó el nombre de alguien que no lo respalda, y que debajo de su discurso carga nexos que comprometen al país en su relación más sensible: la que tiene con Estados Unidos.

Sheinbaum lo dijo con diez palabras: los libros de texto no son patrimonio de una persona.

López Obrador no necesitó ni una. Su silencio fue la respuesta más clara que Arriaga pudo haber recibido. Y la que más le duele, porque confirma lo que él no puede admitir: que el obradorismo nunca fue la causa. Fue el escudo.