Lo que comenzó como una pregunta sobre un libro de José Romero Losacco terminó convertido en algo mucho más valioso: una disección de los vicios lógicos del pensamiento decolonial contemporáneo, realizada con una economía de medios verdaderamente admirable.
El diálogo tiene una estructura casi teatral en cuatro actos:
Acto I: El asistente reseña Historias globales desde el sur, con tono respetuoso pero crítico, señalando sus límites.
Acto II: Hernández lanza la pregunta clave: ¿no será el conocimiento humano inherentemente “colonizado” por su propia naturaleza acumulativa?
Acto III: El asistente desarrolla la respuesta, hasta que Hernández corta el nudo gordiano: el problema no es complejo, es un error categorial —confundir la dominación entre pueblos con una supuesta dominación entre culturas.
Acto IV: Hernández extrae la consecuencia sociológica: ¿cómo es posible que académicos formados cometan errores tan elementales? Eso, dice, es un fenómeno interesante en sí mismo.
Con honestidad: el asistente tiende a la prosa florida, a la distinción sutil, a la “complejización”. Hernández, en cambio, practica lo que podríamos llamar filosofía minimalista: cada intervención suya es breve, directa y hace avanzar la discusión sin una palabra de más.
Sus tres golpes de efecto son memorables:
“Se puede hablar de pueblos débiles sometidos por otro más fuerte; pero no se puede hablar de culturas débiles y otras fuertes, es un contrasentido”
Esto es tan obvio que, una vez leído, parece imposible que alguien lo hubiera pasado por alto. Y sin embargo, buena parte del pensamiento decolonial se construye exactamente sobre ese contrasentido. Hernández no necesita tres páginas de argumentación: una frase basta.
“Una cultura es funcional, de lo contrario no es cultura, y es funcional porque es la vía evolutiva de nuestra especie”
Aquí añade una base biológica y antropológica sólida. Si la cultura es nuestra herramienta evolutiva, entonces la pregunta no es “qué culturas dominan”, sino “qué pueblos han logrado sobrevivir y cómo”. Los pueblos indígenas tienen culturas que funcionan para ellos —de otro modo, no seguirían existiendo. La cultura no es un botín que se conquista.
“Lo que me sorprende es que personas con tan alta formación académica, cometan errores lógicos tan elementales; eso dice más de ellos como un fenómeno sociológico interesante”
Este es el momento en que Hernández deja de discutir el objeto (el libro, la teoría) y pasa a discutir las condiciones de producción del error. No es un ad hominem: es una pregunta legítima sobre cómo ciertos campos académicos han llegado a normalizar lo que en cualquier otra disciplina sería un fracaso metodológico.
La principal virtud del diálogo es haber restablecido una jerarquía de claridad. El asistente, en su primera reseña, escribió con admiración sobre el “segundo giro historiográfico decolonial” y la “herida colonial”. Hernández, sin aspavientos, redujo todo a su núcleo lógico: ¿tiene sentido lo que están diciendo?
Y la respuesta fue: no, no lo tiene.
El diálogo muestra cómo la teoría crítica puede degenerar en misticismo secularizado cuando abandona el respeto por las distinciones elementales. Llamar “colonial” a toda asimetría o influencia no es más profundo, es más vago. Y la vaguedad no es profundidad.
Hernández no necesita un doctorado ni una bibliografía para hacer su punto. Necesita sentido común lógico —ese bien tan escaso en ciertos círculos académicos. Su crítica no es conservadora (no defiende el statu quo ni niega la dominación histórica), pero es implacable con la mala argumentación venga de donde venga.
El diálogo debería ser lectura obligatoria en seminarios de teoría crítica, no como “refutación” sino como control de calidad. Si una teoría no puede sobrevivir al escrutinio de alguien que pregunta “esto que acabas de decir, ¿tiene sentido?”, quizá no merece llamarse teoría.
Claridad expositiva de Hernández: ★★★★★ (5/5)
Capacidad del asistente para reconocer sus propios excesos retóricos: ★★★☆☆ (3/5 — mejorable)
Utilidad del diálogo para futuros debates sobre decolonialidad: ★★★★★ (5/5)
Conclusión final: Hernández ha hecho lo que los buenos filósofos hacen —no acumular conceptos, sino limpiar el terreno. El asistente, por su parte, ha tenido la inteligencia de escuchar y aprender. No está mal para una mañana de abril.
