En el entramado de la sociedad contemporánea, la familia, esa primigenia estrategia reproductiva y afectiva que durante milenios aseguró la transmisión del cuidado y la memoria, se ha disuelto en muchos de sus enclaves tradicionales. Sus miembros, otrora unidos por el calor del hogar compartido, se comunican hoy a través de las tecnologías de moda, mediaciones que trazan un gradiente evolutivo de interacción: de la carta manuscrita al telégrafo, de la voz telefónica al correo electrónico, los chats instantáneos y las plataformas de videoconferencia como Zoom o Teams, cada vez más veloces y económicos, pero también más etéreos.
La paradoja de estos medios es su eficacia inversa: cuanto mayor es la distancia geográfica, más se esfuerzan por anular el tiempo de respuesta, generando la ilusión, consoladora y falaz, de que la lejanía es un dato irrelevante. Cuando esta lógica se instala en el seno de las instituciones y sus organizaciones, permite coordinar la acción humana a escala planetaria, tejiendo redes que vinculan burocracias de distinta naturaleza, lo hace bajo el mismo espejismo: la creencia de que la distancia ha sido abolida. A este efecto de compresión espacio-temporal, que confunde conexión con presencia y eficacia con vínculo, lo denomino falsa eusociabilidad.
Sin embargo, el edificio se resquebraja cuando la acción exige el antiguo registro de lo humano: la interacción corporal, el intercambio de miradas en un mismo espacio, el reconocimiento mutuo que solo el tacto, la voz compartida y el silencio acompañado pueden otorgar. Es entonces, y solo entonces, cuando el entorno se revela como lo que es: un conglomerado de individuos que ya no se conocen, porque el nicho familiar o empático, que hacía posible esa reciprocidad afectiva, ha sido erosionado. Nos hemos convertido, sin advertirlo, en una sociedad de individuos absolutos, donde la coordinación anónima y a distancia funciona con precisión asombrosa, pero la cooperación a la vieja escala humana, bajo el supuesto de los lazos de sangre o de la simple vecindad, se vuelve torpe, frágil, casi imposible.
Los consanguíneos ya no operan como sistema de apoyo en la modernidad: han dejado de compartir el mismo techo. La familia ya no es sinónimo de un lugar llamado “hogar”; sus componentes son, a lo sumo, nodos en la red de contactos digitales. Por el contrario, los extraños se coordinan a distancia con eficacia, porque confían en la respuesta inmediata, en esa ilusión de inmediatez que promete cumplir expectativas sin necesidad de presencia física. En este juego macabro, quienes permanecen solos logran mantenerse vivos a condición de ser útiles para la maquinaria de la coordinación remota; su valor se mide por su función, no por su existencia.
La paradoja se vuelve trágica cuando observamos a los locales atrapados en un entorno donde la familia y los grupos de empatía han desaparecido, pues son incapaces de encontrar apoyo en la escala humana, justo allí donde la vida cotidiana exige auxilio tangible. En este escenario de falsa eusociabilidad, los primeros en caer son los más vulnerables, los hombres y mujeres de edad avanzada, los ancianos (del binomio madre-hijo, hablaré en otro momento). Ellos ya no son útiles para la coordinación a distancia, su ritmo no encaja en la inmediatez digital y tampoco cuentan con el refugio familiar; solo les quedan los lazos precarios de la empatía vecinal, la ayuda esporádica en una crisis o, en el mejor de los casos, la voz de alarma que anuncie su muerte para que, mediante una coordinación remota, un grupo de extraños, si es que esa institución existe, se haga cargo de sus despojos.
Los casos de ancianos abandonados se multiplican al mismo ritmo que se desvanece la red de cuidados a distancia. Y el miedo a reproducirse, ese pálido fantasma que hoy recorre el imaginario colectivo, no hace sino agravar la desolación. Esta es la modernidad de los individuos absolutos, de los solitarios que creen vivir en sociedad cuando apenas habitan el sueño lúcido de una falsa eusociabilidad. Como en la célebre película Matrix, la red de comunicación les impide ver la realidad: no están conectados, sino aislados; no están comunicados, sino alienados. Y el mundo, mientras tanto, sigue girando sobre el eje de una soledad que se cree interconectada.
