Para Agustín, un guerrero amigo
Los guerreros y las amazonas heridas por la flecha del tiempo, son una metáfora de la que debería ocuparse más la sociología: refiere a los ancianos como guerreros heridos que yacen. Son aquellos quienes quizá no podrán pisar nunca más un campo de batalla sin riesgo de morir en el intento; pero que son vistos por los mandos y la tropa como valientes, y como tales se les trata.
La esencia del hombre o la mujer de mucha experiencia es la descrita, por eso tenían un lugar especial en la familia, en el clan o en la comunidad entera. Eran personas a las que se les consultaba por su sabiduría.
Hay que decir que el consejo de ancianos se reunía sólo en momentos importantes o especiales. En todas las culturas de la antigüedad y la edad media se les reconocía y honraba; pero las cosas cambiaron.
Con el nacimiento de la Modernidad capitalista y la privatización de los medios de producción, el ser humano, sin otra propiedad que su descendencia y su propia fuerza de trabajo, se convirtió en poco menos que un insumo para la producción de mercancías.
En el capitalismo el ser humano al que no se le pueda extraer plusvalía, es un objeto desechable, más aún si está viejo y sigue vivo; su sola presencia es peligrosa, pues da el ejemplo de que, a pesar de los pesares, se puede sobrevivir.
El capital, en todas sus formas y modalidades, se niega a aceptar la longevidad de los insumos humanos. Para el capital debieran morir a los cuarenta años y, eso sí, dejar muchos hijos como insumos baratos y desechables.
¿Cuántos se reconocen como dueños de capital? Pocos, muy pocos, además siempre existe el riesgo de caer en la desgracia; de que aparezca un burgués que, o más rico o despiadado o las dos cosas, les robe lo que tiene. Por eso el capitalista es miedoso pero cruel, para él no hay más valor que el valor de cambio; toda la moral se reduce a la ganancia que deje la productividad ajena.
Por eso la modernidad ve a los ancianos de ambos sexos como estorbos; porque es una sociedad de cambios acelerados, de andar aprisa y agobiados. Esa situación contrasta con la lentitud de los guerreros heridos, su aparente despreocupación o su creciente capacidad de olvido; por eso se les desprecia, se les maltrata y se les abandona.
En la sociedad moderna y capitalista, los animales se aprecian más porque se lo merecen y porque no protestan contra la explotación capitalista; cuando su hábitat natural es destruido, simplemente se mueren. No pasa lo mismo con los ancianos, pues son dueños de una necia e insolente vitalidad. Así entonces, son peores que animales.
No es que las personas los traten así ¡claro que no! Pero la propaganda de los medios de comunicación masiva y ahora la WEB, envía ese mensaje que puede resumirse en la consigna: ¡aniquílenlos!
Pero casi nadie hace caso y en cambio los toleran, mal que bien no hacen daño; aunque estorben mucho.
Los ancianos son ahora los parias del mundo. Antes eran la personificación de los ancestros, ahora son menos que muertos ambulantes, o zombis, como llaman en el cine a los extravagantes difuntos.
Pero, más allá de lo aparente, los ancianos piensan y sienten como cualquier joven de veinte años. Tienen planes, anhelos, deseos, gente a la que aman y a la que no; quizás lo que la mayoría de ellos no tiene, son pasiones. ¿Por qué? porque tienen mucha experiencia y aprenden a controlar sus sentimientos…, menos uno: la tristeza.
Pero, en todo lo demás, son iguales por dentro a cualquier joven, sólo que sus cuerpos ya fueron alcanzados por la implacable flecha del tiempo.
Ellos saben que si algo tiene valor es el tiempo; aunque un tipo llamado Alberto dijo que era relativo, en el plano de la existencia humana no hay nada mas absoluto.
Los viejos tienen razón, quizá sea lo único que tengan, porque todo lo demás no les importa. Han vivido lo suficiente para conocer a los demás y apreciarlos y unírseles; o verlos y alejarse de ellos. Ya no malgastan el tiempo en rencores u odio, disfrutan con pretenciosa sencillez la vida que les queda, porque saben que les queda poca.
Así que, si alguna vez te encuentras con un hombre o una mujer cargados de años, no intentes ayudarlos, sólo bríndales el respeto que merecen los heridos por la flecha del tiempo, que por lo demás, ellos sabrán que hacer con la espada de su dignidad recuperada.
