Vivimos rodeados de tragedias. Cada día conocemos nuevos asesinatos, desapariciones, secuestros, extorsiones, feminicidios, accidentes, abusos de autoridad y actos de corrupción. Las cifras cambian, los nombres cambian y los lugares cambian, pero el resultado es el mismo: la violencia se ha convertido en parte del paisaje cotidiano de México.
Y eso, quizá, sea lo más peligroso. No solo porque la violencia siga creciendo, sino porque hemos comenzado a acostumbrarnos a ella. Hemos dejado de sorprendernos. Una noticia que hace algunos años habría indignado al país entero hoy apenas ocupa unos minutos en las redes sociales antes de ser sustituida por el siguiente escándalo.
Estamos perdiendo la capacidad de conmovernos.
La corrupción también es violencia. Lo es cuando un funcionario roba recursos destinados a hospitales, escuelas o seguridad. Lo es cuando un policía extorsiona a un ciudadano. Lo es cuando un ministerio público vende la justicia. Lo es cuando una autoridad protege al delincuente en lugar de proteger a la víctima. Cada acto de corrupción representa un abuso de poder que termina lastimando a personas concretas, aunque muchas veces no alcancemos a ver sus consecuencias.
Lo más preocupante es que esa realidad ha comenzado a parecernos normal. Escuchamos que hubo diez, veinte o cincuenta homicidios en un solo día y seguimos con nuestra rutina. Vemos imágenes de familias buscando a sus desaparecidos y cambiamos de canal. Observamos videos de policías extorsionando automovilistas y apenas comentamos que “así son las cosas”. Hemos construido mecanismos de defensa para protegernos emocionalmente, pero corremos el riesgo de perder algo mucho más valioso: nuestra humanidad.
Una sociedad empieza a deteriorarse cuando deja de distinguir entre lo normal y lo inaceptable. El verdadero triunfo de la violencia no consiste únicamente en quitar vidas. Consiste en lograr que quienes sobreviven terminen aceptándola como parte inevitable de la existencia.
Cuando eso ocurre, la indignación desaparece. Y sin indignación no hay exigencia ciudadana. Sin exigencia ciudadana no hay presión sobre las autoridades. Sin presión social, las instituciones dejan de sentir la obligación de corregir sus errores. La indiferencia termina convirtiéndose en la mejor aliada de la impunidad.
No podemos permitir que el sufrimiento de los demás nos resulte indiferente. Cada persona asesinada tenía una historia, una familia, proyectos y sueños. Cada desaparecido deja padres, hijos, hermanos y amigos condenados a vivir entre la incertidumbre y la esperanza. Cada víctima de corrupción representa una oportunidad arrebatada a toda la sociedad.
Las ciudades también reflejan esa pérdida de sensibilidad. Nos acostumbramos al bache que nunca se repara, a la basura en las calles, al grafiti vandálico, al transporte inseguro, a la invasión del espacio público, al ruido excesivo y al deterioro del entorno urbano. Parecen problemas menores frente a la violencia criminal, pero todos forman parte del mismo fenómeno: la aceptación cotidiana del deterioro. Cuando dejamos de exigir orden, legalidad y respeto en las pequeñas cosas, también debilitamos nuestra capacidad para exigirlas en las grandes.
La civilidad comienza en los detalles. Una sociedad que respeta los espacios comunes, que cumple las reglas, que cuida su ciudad y que se interesa por el bienestar de los demás está mucho mejor preparada para enfrentar desafíos mayores. La seguridad no depende únicamente de policías, fiscales o jueces; también depende de ciudadanos capaces de conservar viva la empatía.
No podemos normalizar la violencia. No podemos aceptar la corrupción como si fuera parte de nuestra identidad. No podemos acostumbrarnos a que el dolor del otro deje de dolernos.
Porque el día en que una sociedad pierde la capacidad de indignarse frente a la injusticia, comienza también a perder la capacidad de construir un futuro mejor.
@FSchutte
Consultor y analista
