La delincuencia organizada mexicana dejó hace tiempo de ser una colección de pistoleros. Hoy dispone de estructuras financieras, sistemas de inteligencia, comunicaciones encriptadas, armamento de alto poder y, cada vez con mayor frecuencia, drones utilizados para vigilar, transportar drogas y lanzar explosivos.
La operación binacional Águila Alta, emprendida por México y Estados Unidos en la frontera entre Tijuana y San Diego, confirma la gravedad del fenómeno. Ambos países comenzaron a coordinar sistemas de detección y neutralización de aeronaves no tripuladas empleadas por organizaciones criminales.
Es una decisión correcta, pero también una señal de alarma. Si se necesitan equipos especializados e incluso tecnología capaz de inutilizar drones, significa que los grupos criminales han desarrollado capacidades que hace unos años pertenecían únicamente a los ejércitos.
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En México ya se han utilizado drones cargados con explosivos para atacar comunidades, policías y posiciones militares. También sirven para observar desplazamientos de las autoridades, proteger cargamentos, identificar rivales, cruzar mercancías y controlar territorios. Son relativamente baratos, fáciles de conseguir y pueden operar sin exponer directamente a quienes los manejan.
El problema no se resolverá solamente derribándolos.
Cada dron criminal presupone una cadena: alguien lo compra, otro lo modifica, alguien consigue los explosivos, una persona conoce las frecuencias, otra selecciona el objetivo y varias más financian la operación. Neutralizar el aparato sin investigar esa estructura sería combatir únicamente la parte visible del fenómeno.
México necesita una verdadera estrategia nacional contra esta amenaza. Debe existir un registro riguroso de equipos de determinadas capacidades, seguimiento de compras sospechosas, control de componentes, vigilancia de frecuencias y unidades especializadas en inteligencia tecnológica. También se requiere capacitar a policías estatales y municipales, porque muchas veces son ellas las primeras en enfrentar estos ataques y las últimas en recibir herramientas adecuadas.
La cooperación con Estados Unidos es necesaria. La delincuencia opera en ambos lados de la frontera y aprovecha las debilidades de ambos países. México aporta conocimiento territorial; Estados Unidos, tecnología e inteligencia. La soberanía no consiste en rechazar la colaboración, sino en evitar que nuestra incapacidad obligue a otros a actuar por nosotros.
Estamos ante una transformación de la violencia criminal. Los cárteles ya no solo disputan territorios con fusiles: incorporan instrumentos propios de una guerra tecnológica. Mientras las autoridades continúen midiendo la seguridad exclusivamente mediante cifras de homicidios y detenciones, la delincuencia seguirá adaptándose con mayor rapidez.
Águila Alta puede ser un buen comienzo. Pero si México no desarrolla capacidades propias de inteligencia, prevención e investigación, estaremos derribando drones mientras dejamos intacta a la organización que los puso en el aire.
@FSchutte
Consultor y Analista
