Del espacio al lugar: la respuesta de Latinoamérica a la soledad digital

by | Sep 18, 2026 | Opinión

Por Carlos Cantero

Nunca hemos estado más conectados, sin embargo, la soledad se ha convertido en un problema de salud pública mundial.

Foto de archivo de Paul Miller/EPA.

17 de septiembre (UPI) — Nunca hemos estado más conectados, sin embargo, la soledad se ha convertido en una preocupación de salud pública mundial.

En 2025, la Organización Mundial de la Salud informó que aproximadamente una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, siendo los adolescentes quienes presentan las tasas más altas. Esta paradoja es difícil de ignorar.

La tecnología ha ampliado nuestra capacidad de comunicación, pero muchas personas se sienten cada vez más aisladas de sus comunidades.

Latinoamérica forma parte fundamental de esta transformación.

Un estudio de 2026 realizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas, que examinó Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Costa Rica y Uruguay, reveló que el acceso a internet en los hogares superaba el 90 % en la mayoría de esos países.

El desafío, sin embargo, no radica simplemente en la cantidad de tecnología que utilizamos, sino en el efecto que la hiperconectividad está teniendo en nuestra relación con el lugar.

La tecnología ha sustituido gradualmente gran parte del territorio vivido de las relaciones y el afecto por lo que el sociólogo Manuel Castells denominó el espacio de los flujos: una corriente de información, imágenes y dinero que se mueve continuamente a través de redes, desvinculada de la geografía física.

La tarea no consiste en rechazar la tecnología, sino en reconstruir el lugar.

Del espacio al lugar

El geógrafo Yi‑Fu Tuan distinguió entre espacio, abstracto y abierto al movimiento, y lugar, transformado por la experiencia humana y lleno de memoria y apego.

El antropólogo francés Marc Augé describió los aeropuertos y los centros comerciales como nolugares: entornos de tránsito y anonimato más que de identidad, y la vida digital reproduce cada vez más esa condición.

Nos comunicamos instantáneamente con alguien que está a miles de kilómetros de distancia, mientras que apenas conocemos a la persona que vive al lado.

Eliminar la distancia no es lo mismo que crear cercanía, y esa brecha convierte el problema en algo cultural, más que meramente tecnológico.

Cuando el espacio de los flujos se vuelve dominante, las personas pueden perder la conexión con las comunidades físicas donde tradicionalmente se desarrollan la identidad y la confianza, produciendo una extraña forma de soledad hiperconectada, constantemente rodeadas de comunicación pero cada vez más privadas de pertenencia.

Sin embargo, la tecnología no es el enemigo.

El trabajo pionero de Howard Rheingold sobre comunidades virtuales demostró que las redes digitales también pueden generar cooperación e inteligencia colectiva.

La verdadera cuestión no es si la tecnología nos conecta, sino qué tipo de conexión crea.

Una respuesta andina

Latinoamérica no tiene por qué limitarse a buscar respuestas en Silicon Valley, Europa o Asia.

La región posee sus propias tradiciones de resiliencia comunitaria, especialmente dos conceptos andinos ancestrales: Ayni y Ayllu.

Ayni es el principio de reciprocidad.

Hoy te ayudo sabiendo que la responsabilidad mutua nos une, una obligación arraigada en la comunidad más que en la caridad o la transacción.

Ayllu va más allá, describiendo una comunidad territorial extensa cuyos miembros comparten responsabilidades y un sentido de destino común.

Estos principios son anteriores a los teléfonos inteligentes y las redes sociales, pero resultan directamente relevantes para la era digital.

Ayni apunta a redes construidas para la reciprocidad genuina, en lugar del consumo y la interacción algorítmica.

Ayllu nos recuerda que los seres humanos necesitamos comunidades donde nos sintamos conocidos, necesarios y responsables de los demás.

Aplicar estos principios hoy no significa idealizar el pasado, sino tomar en serio la reciprocidad y el sentido de pertenencia al diseñar instituciones y tecnologías para el futuro.

Imagina un Ayllu digital, una tecnología utilizada no para evadir el vecindario, sino para fortalecerlo, conectando a las personas que necesitan ayuda con quienes son capaces de proporcionársela, y ayudando a las escuelas y organizaciones cívicas a profundizar las relaciones del mundo real en lugar de reemplazarlas.

El contramovimiento ha comenzado.

En Greystones y Delgany, Irlanda, padres y educadores de ocho escuelas primarias crearon un acuerdo voluntario que anima a las familias a retrasar la compra de teléfonos inteligentes hasta que los niños terminen la escuela primaria.

Su fuerza no residía simplemente en la restricción en sí misma, sino en que toda una comunidad actuó en conjunto, reduciendo la presión sobre los padres para que decidieran solos.

Otras iniciativas apuntan en la misma dirección: el Proyecto Balance, Let Grow y la Red de Acción sobre el Tiempo de Pantalla promueven la independencia de los niños, el juego libre y límites más saludables en el uso de la tecnología.

Estos esfuerzos difieren en su enfoque, pero comparten la creencia común de que los seres humanos deben seguir estando en el centro del desarrollo tecnológico.

Una agenda latinoamericana

Para América Latina, que experimenta una rápida transformación digital en medio de la desigualdad y el debilitamiento de sus instituciones, esta cuestión cobra especial relevancia.

La conexión digital puede ayudar a abordar estos problemas, o agravarlos, si sustituye la conexión humana.

El reto consiste en integrar la tecnología en la comunidad, y tres áreas ilustran cómo se logra esto en la práctica.

La primera son las redes territoriales de reciprocidad, como los bancos de tiempo vecinales y las plataformas digitales que permiten a los residentes intercambiar habilidades y servicios.

La Universidad de Santiago de Chile ya ha creado una plataforma similar para la Comunidad Ecológica de Peñalolén, en Santiago, donde los residentes intercambian servicios y talentos por unidades de tiempo.

Esto es Ayni adaptado al siglo XXI.

La segunda consiste en convertir las escuelas y las organizaciones comunitarias en centros de escucha y diálogo.

En sociedades divididas por la polarización política y las cámaras de eco digitales, los espacios físicos donde las personas aprenden a discrepar con respeto y a resolver problemas en conjunto funcionan como instrumentos de paz por derecho propio.

La tercera opción es la tecnología comunitaria, diseñada para resolver problemas comunitarios en lugar de maximizar clics o participación.

Estas plataformas ayudan a los vecinos a organizarse, identificar necesidades locales y fortalecer la participación cívica.

Nada de esto implica colectivismo a expensas de la libertad individual.

Como argumentó el economista ganador del Premio Nobel Amartya Sen, la verdadera libertad depende de la capacidad real de las personas para vivir la vida que valoran, y las comunidades fuertes amplían esas capacidades en lugar de restringirlas.

Hemos aprendido a conectar a casi todos con casi todas partes.

La tarea más difícil ahora es aprender a pertenecer a algún lugar, una tarea que exige tanto políticas públicas y responsabilidad cívica como actos cotidianos de reciprocidad, y no solo progreso tecnológico.

Las tradiciones latinoamericanas de Ayni y Ayllu miden el progreso no por la velocidad de nuestras redes, sino por la calidad de las relaciones que sustentan.

La respuesta al aislamiento hiperconectado no es abandonar el espacio de los flujos, sino convertir ese espacio de nuevo en lugar.

Carlos Cantero es un académico chileno de la Universidad Internacional de La Rioja (España) y autor de «Sociedad digital: razón y emoción». Conferencista, asesor y consultor internacional, se especializa en adaptabilidad en la sociedad digital, ética, innovación social y desarrollo humano.

Las opiniones expresadas en este comentario son exclusivamente del autor.