Fernando Schütte Elguero
Los actos anticipados de campaña no son una falta menor ni una travesura electoral. Son una señal de alarma. Cuando quienes gobiernan utilizan el poder, los recursos y la visibilidad de sus cargos para adelantarse a la contienda, están diciendo que las reglas pueden esperar y que la ley sólo obliga a los demás. El problema no es únicamente quién aparecerá en una boleta. El problema es qué queda de la República cuando quienes deben cuidar sus instituciones las convierten en instrumentos de su propio proyecto.
Una democracia no se sostiene sólo con elecciones. También necesita límites al poder, autoridades independientes, vigilancia pública y reglas que valgan para todos. Durante años, con defectos y desigualdades, México construyó contrapesos que permitían cuestionar decisiones, frenar abusos y exigir explicaciones. No eran obstáculos caprichosos: eran garantías para que ninguna persona, partido o grupo pudiera disponer del Estado como si fuera suyo.
Hoy preocupa ver cómo se debilitan esos límites mientras se normalizan prácticas que antes habrían provocado una exigencia inmediata de rendición de cuentas. Se descalifica a quien pregunta, se desacredita a quien investiga y se presenta cualquier crítica como una conspiración. Así, el poder no sólo evita responder: intenta convertir la exigencia de explicaciones en una falta de lealtad.
El cinismo político consiste precisamente en eso: pedir confianza mientras se incumplen las obligaciones; hablar de principios mientras se buscan atajos; invocar la voluntad popular para eludir la ley. La desvergüenza aparece cuando ni siquiera se procura ocultar la contradicción.
Y la corrupción se vuelve más peligrosa cuando deja de ser una conducta individual y encuentra protección institucional: cuando las oficinas encargadas de investigar, sancionar y prevenir terminan subordinadas a los intereses de quienes deberían vigilar.
No hace falta que cada integrante del gobierno sea corrupto para que exista un problema sistémico. Basta con que la estructura proteja a los cercanos, cierre los ojos ante las irregularidades y castigue con mayor rapidez a los adversarios que a los propios. Cuando eso sucede, la impunidad deja de ser una excepción y se convierte en una forma de gobierno. La ley permanece escrita, pero su aplicación depende de quién la enfrenta.
Quienes ocupan cargos públicos pueden creer que estas maniobras les darán ventaja electoral. Tal vez les funcionen por un tiempo. Pero ganar una elección no convierte en correcto lo que se hizo para obtenerla, ni corrige el daño institucional que dejan los abusos. Además, gobernar mal tiene consecuencias que no se limitan a la siguiente votación: deteriora los servicios públicos, encarece la inversión, reduce la confianza, alimenta el abuso y hace que cada ciudadano pague, en oportunidades y en calidad de vida, el costo de la irresponsabilidad.
Por eso el debate no debe quedarse en quién será candidato ni en quién tiene más posibilidades de ganar. La pregunta central es si todavía existen reglas capaces de contener al poder y si las autoridades encargadas de hacerlas valer pueden actuar sin obedecer a un interés partidista. Si la respuesta es no, la contienda ya estará desequilibrada antes de comenzar.
Una República no desaparece necesariamente con un golpe de Estado ni con una declaración solemne. Puede vaciarse poco a poco, mientras se conserva la escenografía de la democracia: elecciones, discursos, ceremonias y promesas. Se vacía cuando los contrapesos se someten, la crítica se intimida y la ley se vuelve selectiva.
La gravedad de estos actos anticipados está en lo que anuncian: una disputa electoral donde el poder pretende ser, al mismo tiempo, jugador, árbitro y dueño del estadio. Defender las instituciones no es defender a un partido ni añorar un pasado idealizado. Es defender el derecho de todos a vivir bajo reglas comunes, también de quienes no votan por el gobierno. Si permitimos que la conveniencia política sustituya a la legalidad, no sólo perderemos una elección justa: perderemos la certeza de que el Estado trabaja para la sociedad.
@FSchutte
Consultor y Analista
