Samael Hernández
Hacia finales de la década de 1950 y principios de los años sesenta, el istmo de Tehuantepec experimentó una violenta aceleración en sus ritmos de articulación con el mercado nacional. La consolidación de la Carretera Panamericana, la electrificación de los cascos urbanos y la penetración intensiva de bienes manufacturados rompieron el relativo aislamiento geográfico de las poblaciones binnizá; desatando una profunda tensión entre la sociabilidad gregaria comunal y los dispositivos expansivos del capitalismo corporativo.
En la matriz civilizatoria zapoteca, las festividades tradicionales —en particular las velas y las celebraciones barriales vinculadas a los santos patronos— constituían verdaderos hechos sociales totales estructurados en torno al guendalizaa: principio ético de parentesco ampliado, reciprocidad y solidaridad. En dicho horizonte, el consumo festivo no respondía a la lógica de la ganancia comercial ni a la maximización mercantil; representaba una redistribución ceremonial del excedente, sellada a través del ritual del bupu, el mezcal artesanal o las aguas frescas compartidas bajo la enramada comunitaria.
No obstante, la expansión industrial de los grandes consorcios cerveceros del centro y norte del país (Cervecería Modelo con Corona, Cervecería Cuauhtémoc con Carta Blanca y la Cervecería Moctezuma con Superior) identificó en el vigor ritual y festivo del istmo un mercado cautivo de altísima densidad. La cerveza industrial no ingresó como una mercancía pasiva en los anaqueles de las tiendas; irrumpió como una fuerza colonizadora del espacio público y de las prácticas ceremoniales. La competencia desatada entre los oligopolios cerveceros convirtió a Juchitán en un auténtico campo de batalla comercial, transformando las lealtades del consumo en trincheras identitarias y sembrando las raíces de un proceso sistemático de alcoholización colectiva que erosionaría progresivamente la economía doméstica y la salud del tejido comunal.
El forastero y la técnica
Hacia 1966, en medio de esa atmósfera de transición económica y efervescencia popular, arribó a Juchitán Mario Mendoza Castellanos. Nacido el 17 de octubre de 1933 en la zona céntrica, cerca del famoso Parque Labastida de la ciudad de Oaxaca. Mario cargaba consigo una pericia técnica singular y una historia personal marcada por la ruptura. Joven inquieto, se había formado como radiotécnico en el taller Electra de la capital del estado; oficio que en las décadas de 1940 y 1950 requería destreza en el diagnóstico de válvulas, bobinas y circuitos electromecánicos.
Esa habilidad le abrió las puertas de la Casa Riojas en la Ciudad de México, distribuidora y ensambladora oficial de las afamadas sinfonolas alemanas Wurlitzer. Mendoza Castellanos se convirtió en un especialista en la calibración y compostura de aquellas rocolas que sonorizaban cantinas, fondas y bares a lo largo del sureste de México. Tras una estancia en Tapachula, Chiapas, truncada por un colapso matrimonial, emprendió el éxodo hacia el istmo. Llegó primero a Ciudad Ixtepec y recaló definitivamente en Juchitán a la edad de treinta y tres años.
En Juchitán fue acogido con generosidad por la familia Herrera Martínez, prósperos propietarios de molinos de nixtamal en toda la comarca. Allí Mario levantó su propio negocio: el taller Radio Majestic. Su dominio de la electrónica le otorgó prestigio inmediato entre la población; tanto, que el nombre de su establecimiento terminó por devorar su apellido original. En adelante, y para siempre en la memoria istmeña, dejó de ser Mario Mendoza para convertirse en «Mario Majestic».
Su vida cotidiana transcurría entre la reparación de aparatos, los bares de la calle 16 de septiembre y la convivencia festiva. Hombre de complexión esbelta, pero de una tolerancia asombrosa al alcohol, acostumbraba despachar cinco o seis cartones diarios de cuartitos de cerveza entre el mediodía y el atardecer en el bar Modelo y la cantina de Tián, antes de asearse para acudir al cine con su novia Carmelita. Aquella legendaria capacidad de resistencia física no pasó inadvertida.
La guerra de las cervezas
Don Rafael González Román, influyente agente y distribuidor de la Cervecería Modelo en la región, supo de la celebridad etílica de Mario gracias a la recomendación de un paisano oaxaqueño. González Román comprendió que la penetración corporativa de la cerveza Corona no se lograría mediante anuncios distantes, sino introduciendo un operador directo en el corazón de las cantinas.
El encargo formulado a Mario fue tajante y desprovisto de límites presupuestales: recibiría cientos de pesos en efectivo diarios —una auténtica fortuna en el México de los años sesenta— con la única misión de recorrer de ocho de la mañana a seis de la tarde los bares y pulquerías del municipio. Su consigna consistía en aproximarse a las mesas donde los parroquianos consumían marcas rivales (Carta Blanca o Superior), pagar de su bolsillo la cuenta acumulada, invitarlos a abandonar su bebida habitual e imponer el consumo de la cerveza Corona, costeando cuantas rondas fueran necesarias para torcer el gusto popular.
Fiel a su encargo con una ingenuidad laboral casi quijotesca, Mario Majestic jamás desvió un solo centavo para su provecho personal; gastaba hasta el último peso asignado en saturar las mesas juchitecas de botellas de cuartito de Corona. El impacto operativo de su labor resultó vertiginoso; la agencia de Juchitán, que recibía ordinariamente diez tráileres diarios (alrededor de 40 mil cartones), incrementó sus pedidos en más de 45 mil cajas adicionales durante los primeros dos meses de su gestión.
Tal fue el asombro de los directivos de la Cervecería Modelo en la capital del país, que enviaron a un representante español de apellido Dueñas para corroborar in situ si un solo hombre era capaz de consumir y promover tales volúmenes. Cuenta la memoria de Mario que, sentados a una mesa junto con don Rafael González Román, retó al emisario hispano a una jornada de resistencia alcohólica, el enviado no aguantó el ritmo, «se tronó» a las pocas horas y debió marcharse derrotado de regreso a la Ciudad de México.
La fractura territorial, cantinas exclusivas, política y división barrial
La ofensiva mercantil de las cerveceras no sólo alteró los patrones de gasto familiar; reconfiguró de manera traumática la geografía urbana y la convivencia de Juchitán. La competencia feroz inauguró el régimen de las «cantinas exclusivas», prohibiendo la venta de marcas competidoras en un mismo establecimiento y fracturando las secciones tradicionales del pueblo:
— La Séptima Sección, baluarte popular zapoteco y núcleo de pescadores y campesinos, fue conquistada de manera abrumadora por la Corona.
— La Cuarta Sección y el barrio de Cheguigo, hogar de la influyente familia Pineda —distribuidores oficiales de la Cervecería Cuauhtémoc—, se atrincheraron en una lealtad férrea a la Carta Blanca.
— El Centro urbano y los sectores acomodados gravitaban preferentemente en torno a la Cervecería Moctezuma, consumiendo Superior y rindiendo pleitesía a la iconografía publicitaria de «La Rubia de Categoría».
Las mesas de las cantinas dejaron de admitir la heterogeneidad social, así, quien se sentaba con los «coroneros» se volvía enemigo simbólico de los «cartablanqueros». Las provocaciones verbales escalaron con frecuencia hacia la violencia física; los detractores de la Corona la denigraban afirmando que «sabía a meados», mientras sus partidarios defendían su mayor graduación alcohólica y su capacidad para acelerar la embriaguez.
Incluso las esferas del poder civil y las fiestas más sagradas sucumbieron al conflicto. Mario recordaba con ironía cómo el presidente municipal en turno lo mandaba encarcelar cada vez que lo veía pasear vestido de impecable guayabera blanca, fastidiado por el bullicio de su clientela y el desorden callejero que atizaba la promoción cervecera. Asimismo, en las tradicionales Velas, la Cervecería Modelo comenzó a arrebatar los puestos céntricos mediante el despliegue de conjuntos de mariachi y grupos jarochos, desplazando a las orquestas locales y arrinconando a las vendedoras de marcas competidoras hacia la periferia de las enramadas.
Epílogo. Despojo y la memoria viva
Mario Mendoza Castellanos cerró su ciclo en el istmo hacia 1969; regresó a la ciudad de Oaxaca dejando atrás el apogeo de las rocolas y las correrías con figuras emblemáticas como el general Heliodoro Charis Castro, Humberto López Lena, don Manuel Ferra y el locutor Pedro Serna Díaz, cuya voz animaba los controles remotos de la XEKZ anunciando «ricas botanas y salud con la cervecita». Aún años después de haberse retirado, en una noche bohemia en el barrio de Jalatlaco, la memoria muscular de su oficio lo llevó a ordenar y promover cien cartones de Corona en un bar local; deuda que la agencia de la cervecería absorbió gustosa en reconocimiento a su antigua lealtad.
Hoy, a sus 92 años, Mario Majestic contempla con distanciamiento lúcido aquellos años de juventud. Sin embargo, su testimonio personal constituye un documento histórico invaluable: desvela cómo la modernización capitalista de los años sesenta instrumentó la fascinación por la técnica (las rocolas Wurlitzer) y la complicidad de hombres carismáticos para colonizar los espacios ceremoniales del pueblo binnizá. La denominada «guerra de las cervezas» no fue una anécdota simpática del folclore cantinero; representó el asalto premeditado del gran capital a las instituciones gregarias del istmo, sustituyendo la reciprocidad solidaria del guendalizaa por un consumo compulsivo que terminaría cobrando un elevadísimo costo social en la historia contemporánea de Juchitán.
