Por Carlos Cantero Ojeda
El Latinobarómetro (2025) revela una verdad incómoda: el apoyo a la democracia ha bajado en la región, aumentando significativamente la indiferencia y una creciente insatisfacción por la política y sus instituciones. Esta tendencia se alinea con el Barómetro de Confianza de Edelman, donde seis de cada diez personas sienten que el sistema es intrínsecamente injusto, que las empresas y los gobiernos empeoran las cosas y que las élites juegan con ventaja. Esta desconfianza estructural coincide también con el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, que ubica al sector público global en su nivel más bajo en una década. En dos tercios de los países evaluados, la percepción de la corrupción es asfixiante.
Estas cifras confirman que la indignación ciudadana ya no es un estado de ánimo pasajero; es el nuevo estado de las democracias. Aunque las protestas varían según la geografía, todas convergen en una misma frustración: las instituciones funcionan en el papel, pero ya no inspiran confianza. La ciudadanía ve líderes más absortos en el juego del poder y la imagen que en gobernar para el bien común.
La mayoría de los analistas insisten en explicar este malestar desde lo político o lo económico. Se equivocan al quedarse ahí. La crisis actual es, esencialmente, ética. La sociedad no solo reacciona ante las dificultades materiales; responde a la dolorosa erosión del sentido de responsabilidad y del destino compartido.
Bajo la superficie de las crisis institucionales late una certeza amarga: el orden social ha dejado de regirse por principios morales. La insatisfacción es profunda porque la ciudadanía ya no cree que sus líderes actúen con integridad. La función pública se percibe hoy al servicio de intereses privados.
Señalar que la crisis es ética no es ignorar la pobreza o el colapso institucional. Es entender que las sociedades no sobreviven únicamente con elecciones y tecnicismos. Una democracia sana depende de la confianza, la coherencia y el respeto a la dignidad humana. Cuando estos cimientos se agrietan, la vida pública se vuelve frágil, la política se torna cínica y el debate social se banaliza.
Hemos normalizado un modelo que prioriza el consumo y la ventaja individual sobre la solidaridad y el deber cívico. El progreso material es real, pero cuando el materialismo se convierte en la única métrica del éxito, perdemos el rumbo. En este ecosistema, la desigualdad hiere más, la corrupción es más corrosiva y la exclusión resulta humillante. Los ciudadanos ya no solo se sienten privados de recursos; se sienten invisibles y prescindibles.
La pandemética (fusión de pandemia y ética) es el proceso de degradación moral y social que se propaga de manera viral, rápida y masiva. Al igual que un virus biológico, infecta transversalmente los ámbitos público, privado, político y cultural de una sociedad en un espacio-tiempo determinado, encontrando a la mayoría de los ciudadanos sin “defensas” o inmunidad valórica.
Para entender la dinámica, reacción y alcance de este proceso, debemos observar cómo opera este fenómeno. Podemos dividirlo en tres dimensiones clave:
- La Infección Transversal: No se limita a la pérdida de valores individuales; destruye el tejido social completo. Es una mutación donde la falta de ética se contagia rápidamente a través de las instituciones, la política y la economía.
- La “Fiebre” Social (Reacción): La respuesta de la ciudadanía ante este contagio se manifiesta en movilizaciones, protestas e incluso disturbios. Esto actúa como la fiebre o la inflamación en un cuerpo enfermo: es una reacción de autodefensa socio-cultural cuyo éxito dependerá de la “inmunología cultural y valórica” propia de cada población.
- La Corrupción Ideológica (Lo Intangible): La pandemética va mucho más allá del soborno económico o el abuso material. Su faceta más peligrosa es la manipulación de principios y creencias para beneficio personal o cuotas de poder. Se caracteriza por la renuncia a la excelencia y a la coherencia, la promoción de la mediocridad sistemática, el tráfico de influencias y el uso de discursos e ideas como un mero disfraz para encubrir intereses privados.
Este vacío moral explica por qué el descontento social suele desbordarse en rabia y destrucción. Cuando la autoridad moral se evapora y las instituciones se perciben vacías, la frustración legítima se convierte en furia colectiva. La reconstrucción de nuestro tejido social no vendrá de más leyes ni de promesas electorales, sino de un retorno urgente a la coherencia y a la decencia común. Ese es el llamado urgente a la élite cultural, política, económica y espiritual. Porque la crisis, en el fondo, no es solo política: reside en la ética de las relaciones políticas que sostienen a nuestra sociedad. Nos alcanza a todos.
