Aleteos que fracturan latinoamérica

by | Oct 3, 2026 | Opinión

Carlos Cantero

30 de septiembre (UPI) – El Papa León XIV, durante una visita a Francia el 25 de septiembre, lanzó una dura advertencia: la humanidad corre el riesgo de perderse en medio de un “paraíso de máquinas” que invade y condiciona la vida cotidiana. Su solución, presentada en el Palacio del Elíseo, no consistía en una nueva tecnología, sino en la “educación en el discernimiento ético”. Más tarde ese mismo día, en la UNESCO, advirtió que las nuevas tecnologías podrían convertirse en instrumentos de dominación e injusticia.

Esta advertencia merece atención en América Latina, donde una tentación política recurrente es la de minimizar los errores menores. Solemos pensar que los problemas o crisis importantes deben tener causas trascendentales o ser consecuencia de decisiones de gran envergadura. Sin embargo, los sistemas complejos no siempre fallan de esa manera. El físico Edward Lorenz demostró cómo pequeñas diferencias en las condiciones iniciales pueden producir resultados radicalmente distintos. Los sistemas sociales no son sistemas meteorológicos, pero la metáfora sigue siendo útil: una decisión aparentemente insignificante puede desencadenar consecuencias imprevistas.

El peligro es mayor en la sociedad digital porque las consecuencias se propagan con mayor rapidez. Las declaraciones políticas cruzan fronteras en segundos, y la información falsa puede circular antes de que las instituciones tengan tiempo de corregirla. Por lo tanto, la improvisación política se ha vuelto más peligrosa. Un líder no necesita pretender una crisis para contribuir a crearla. Un juicio erróneo o un abuso de poder sin corregir pueden desencadenar una reacción en cadena cada vez más difícil de controlar.

La ética es parte fundamental de la sociedad. Cuando se tolera la deshonestidad a pequeña escala, la desconfianza puede extenderse mucho más allá de la ofensa original. La corrupción entonces se convierte en algo más que el desvío de recursos públicos; amplía la brecha entre lo que las instituciones dicen y lo que hacen.

Concibo este proceso como un gradiente: un cambio casi imperceptible en el límite de lo que la sociedad está dispuesta a tolerar. Los sistemas rara vez colapsan por un único fallo aislado. Lo más frecuente es que se acumulen pequeñas desviaciones, cada una empujando el límite un poco más allá, hasta que una conducta antes considerada inaceptable se normaliza y las instituciones pierden su capacidad de autocorregirse. La educación es un claro ejemplo. Ninguna reforma declara formalmente el fin de la calidad. En cambio, el deterioro surge a través de una sucesión de decisiones que parecen manejables, a medida que se relajan los estándares y se tolera el bajo rendimiento. Finalmente, las consecuencias se vuelven imposibles de ignorar.

En las evaluaciones PISA 2022 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Chile obtuvo la puntuación más alta de América Latina en matemáticas, con 412 puntos, en comparación con un promedio de la OCDE de 472. Según el Banco Interamericano de Desarrollo, el estudiante latinoamericano promedio tiene un rendimiento en matemáticas equivalente a cinco años de escolaridad por debajo del de sus pares de la OCDE. Estos resultados reflejan problemas acumulados durante años, no una crisis repentina.

Por eso, el llamado del Papa a la educación va más allá de la tecnología. Apunta a una formación ética que abarca a la persona humana en su totalidad. Los desastres revelan la diferencia entre un evento y las condiciones que lo magnifican.

En febrero de 2010, un terremoto de magnitud 8,8 sacudió el centro de Chile y causó la muerte de aproximadamente 500 personas. Seis semanas antes, un terremoto de magnitud 7,0 en Haití había cobrado más de 200 000 vidas, según estimaciones ampliamente citadas. Los terremotos presentaron diferencias importantes, pero los expertos en gestión de riesgos de desastres han identificado los estrictos códigos de construcción de Chile y su cumplimiento como factores clave para limitar las víctimas. La resiliencia de Chile fue producto de decisiones tomadas décadas antes.

Esto me recuerda la famosa frase de Hannah Arendt: «La banalidad del mal». Arendt no sugería que el mal en sí fuera trivial. Su preocupación se centraba en la irreflexión y la falta de juicio, en el peligro de que las malas acciones se normalicen cuando la gente deja de examinar la ética de sus actos.

Latinoamérica se enfrenta a su propia versión de ese peligro, que podríamos llamar la “banalidad del bien”: la cómoda creencia de que la decencia personal por sí sola es suficiente, que una persona que no roba ni participa directamente en actos ilícitos ha cumplido con su responsabilidad. El funcionario público que conoce un contrato irregular y guarda silencio, o el colega que se encoge de hombros ante un informe falsificado, puede que no haya cometido la irregularidad original. Pero el silencio puede convertirse en una forma de complicidad por omisión, un consentimiento pasivo que contribuye a normalizar lo que debería haberse denunciado.

La sociedad digital agrava este problema, y las advertencias ahora provienen de fuentes inesperadas. En su primera encíclica, Magnifica Humanitas, publicada en mayo, León XIV alertó sobre los peligros que la inteligencia artificial puede representar para la democracia. Christopher Olah, cofundador de Anthropic, participó en la presentación de la encíclica en el Vaticano. David Sacks, copresidente del Consejo de Asesores sobre Ciencia y Tecnología del presidente Donald Trump, coincidió con el énfasis del Papa en la dignidad humana, pero advirtió que un poder gubernamental tan amplio sobre la inteligencia artificial podría generar riesgos de censura, vigilancia y control.

Estas voces no coinciden en todas las soluciones, pero apuntan a la misma realidad: el poder tecnológico avanza más rápido que muchas de las instituciones y líderes responsables de gestionar sus consecuencias. El problema no se limita a una ideología ni a un país. Los errores de juicio pueden provenir de la izquierda o de la derecha, de gobiernos o empresas. Lo importante es si las instituciones conservan la capacidad de reconocer los errores y corregirlos, independientemente de quién ostente el poder.

América Latina no puede gestionar su futuro tratando cada fracaso como un incidente aislado. La ética pública forma parte de la infraestructura que permite el funcionamiento de las instituciones democráticas. Cada omisión tolerada desplaza un poco más los límites, y cada pequeño acto de corrupción facilita la aceptación del siguiente.

El aleteo de una mariposa no garantiza una tormenta, pero puede ayudar a crear las condiciones necesarias para que una tormenta sea posible. La tarea del liderazgo consiste en reconocer las pequeñas desviaciones mientras aún pueden corregirse y actuar con la ética como brújula.

Carlos Cantero es un académico chileno de la Universidad Internacional de La Rioja (España) y autor de «Sociedad digital: razón y emoción». Conferencista, asesor y consultor internacional, se especializa en adaptabilidad en la sociedad digital, ética, innovación social y desarrollo humano. Las opiniones expresadas en este comentario son exclusivamente del autor.